Cierto día, cuando la inocencia salvaba nuestros años de infancia, y el mundo a nuestro alrrededor era solamente una imagen, en una de esas tantas casas que el destino nos guardo, mientras crecíamos ajenos al hoy que nos esperó, para vivir en la realidad tan latente que ya no se mira al espejo, aprendí una lección que no puedo seguir haciéndola desconocida. Apenas tenía siete años, quizás no podía diferenciar de lo bueno y de lo malo, digo quizás porque ya para mi mente estaba claro lo que era lo bello y lo feo.Mi prima y yo, como todas las tardes, estabamos asomadas al balcón de aquella casa, de aquella de tantas, y de tanto hacer y de tanto no hacer ya nuestras mentes buscaban algo nuevo que recrear.
Abajo, en una amplio jardín que daba frente al balcón, estaban mis otros dos primos (los que compartimos toda una infancia y adolesencia y que lamenteblemente hoy día desconocemos el nombre de los hijos de cada uno), también buscando que hacer y que no hacer.De buena a primera, uno de ellos, en la planta baja, comienza a llamarnos, buscando captar nuestra atención hace cosas que nosotros desde el balcón no podíamos hacer, y de esta manera se burlaban al vernos impotentes y sin poder bajar para donde ellos estaban.
De momento, a mi prima, quien es unos años más joven que yo, lo que en eso entonces conocía menos el peligro y el miedo que yo, decide hacer algo que captara la atención y al mismo momento dejara perplejos a los primos de la planta baja.Con su ‘habilidad de niña’, sube lentamente sobre la verja que adornaba y protegía el balcón, con un equilibrio que no se de donde le salió, caminó sobre ella gritando: “!El circo, miren, el circo...!” Yo le observaba y reía con ella a grandes carcajadas, pero nuestra felicidad no duro mucho, por suerte, porque en ese mismo momento la madre de mi prima entró al balcón, al mirar lo que hacía su hija quedó completamente atónica por unos segundos, luego no dudó de bajarlo de aquella verja bruscamente, pero, lo que más me sorprendió en ese momento es que quien estaba sobre la verja era ella, no yo, pero el castigo mayor cayó sobre mí.
Pasaron muchos años para entender el porque de aquella acción de mi tía, tan injusta para entonces, hasta que leí en los muros de una pared, cerca de una de esas casas que el destino nos guardo: “Quien no castiga el mal, ordena que se haga”.Y entonces, pude comprender el porqué de la acción de mi tia: yo estaba mirando, fomentando algo que estaba mal. De mi prima perder el equilibrio por sólo un segundo, de seguro que esta historia se escribiría de otra manera, si es que acaso se escribiera. Fomenté algo malo, permití que se hiciera, y no dije y no hice nada para evitarlo, es por eso que recibí mi castigo, porque entonces yo era tan culpable como ella.
Al pasar el tiempo ya no tengo que ver en los muros de aquella pared para recordar aquella lección, ahora puedo verlo y vivirlo en la sociedad, principalmente en la vida política, puedo ver como se hace el mal y los que tienen potestad para corregirlo, o castigarlo, no hacen nada, quizás solamente se ríen y disfrutan desde una esquina, como lo hiciera yo desde lo alto de aquel balcón. Se ríen, disfrutan, y fomentan, y no castigan y no impiden el mal.Quizás ahora puedan observar sin hacer nada, pero ellos son tan culpables como los que lo hacen y entonces, al ser culpables, detrás de una puerta saldrá una tia todapoderosa que los castigará, y si se dicen ‘¿por qué?’ para que no pasen la mitad de su eternidad preguntándose lo mismo, dejénme ponerles en este muro de papel aquello que yo leí en el muro de entonces: “Quien no castigo el mal, ordena que se haga.”
sábado, 20 de septiembre de 2008
¿Quien quiere no crecer?
Recuerdo que siendo niña admiraba a mis padres por un simple hecho curioso, pensaba, o más bien estaba convencida de que mis padres, al igual que todos los adultos habían sido enviados a este mundo tal y como estaban, adultos. Que los niños siempre seríamos niños y que los adolescentes permanecerían así toda su vida. En cierta manera yo sentía la envidia, porque quería haber nacido adulta, como mis padres. Paso poco tiempo para darme cuenta de que aquella realidad inverosímil era una mala percepción de la inocencia, y que tarde o temprano a mi también me tocaría la 'suerte' de crecer.
Sería tan alta como mi madre, ya deseaba cumplir mis quinces, entrar al bachillerato, llegar a los 18, ir a la uni, graduarme, y… bueno, cuando cruce la barrera de los 23, cuando descubrí que la vida no era blanco y negro si no gris, ya quise ser niña otra vez.Niña, eternamente. ¿Recuerdan aquel niño que no quería crecer, que temía el convertirse en un adulto? Bueno, el traducía la palabra adulto por pirata, y el concepto tiempo estaba atragantado en la garganta de un cocodrilo que sisajeaba devorándolo todo a su paso. Hoy, me gustaría volar por aquella ventana y encontrarme con campanita en la tierra de nunca jamás, ser un bebe por siempre y alejarme de los piratas que todo lo quieren, el dinero, las drogas, el placer, todo lo que envuelve la palabra corrupción y todo lo que no.
Así lo imagino James Barrie, con su obra maestra Petar Pan, nacida en 1904, como obra teatral y convertida posteriormente en novela. Considerado un excéntrico, quizás por el hecho de perder a su hermano a corta edad, o de ver como su madre se dejaba consumir por la locura. Talvez este dramaturgo escocés envolvió a tanto con su hermosa idea de nunca crecer, que definitivamente convenció a cientos de miles que las palabras de Jesús cuando dijera "…de tales es el reino de Dios" eran cien por ciento ciertas. Pero, ¿por qué tenemos que llegar tan lejos en la vida para darnos cuenta que la mejor etapa de la vida es la inocencia?
En mi caso, por ejemplo, llego el momento en que ser niña se había hecho difícil, y anhelaba con gran fervor ver pasar el tiempo para convertirme en un pirata. Hoy, que soy pirata, odio ver pasar el tiempo con tanta rapidez y sin poder detenerlo. Hoy la vida es una carrera contra el tiempo, y como dicen, "si no puedes con el enemigo… entonces únetele." Pero este enemigo no da tregua, ni acepta condiciones, definitivamente Barrie acertó cuando utilizó a un cocodrilo para simbolizar al tiempo. ¿Acaso puedes domar un cocodrilo? Hay quienes los hipnotizan por unos minutos pero no lo usan como mascota en su casa.
Definitivamente el tiempo todo lo devora, solo deja los recuerdos, si nos damos cuenta a tiempo, y despertamos a la vida un poco más jóvenes que lo acostumbrado quizás seamos capaces de disfrutar nuestra niñez un poco más.Nosotros, siendo piratas, queremos en ocasiones hacer que nuestros hijos e hijas abran los ojos, pero la vida es tan cruel que todo lo que cada uno vive debe vivirlo por su propia experiencia. Y entonces crecemos, nada detiene este proceso. Y créanme, no es que tenga miedo a envejecer, pero, ¿Quién quisiera no crecer? Yo estoy convencida también que si eres de los que odia a los viejos, entonces muérete joven. Pero, en todo esto, sobre todo, debemos tener en cuenta que, todos y cada uno llevamos por dentro algo que nunca envejece, nuestro espíritu.
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