jueves, 25 de septiembre de 2008

Siempre tú

Estabas allí, detenida en el silencio. Como regresada al tiempo.
Te sumergías a la sombra del recuerdo,
y parecía que la vida pasaba nuevamente sobre tí.
Entonces el pasado se posó sobre tu frente, igual que en mí, y me pedías volver, volver a la vida transparente que nos soñamos, con los besos sobre las manos.

Estabas allí, ilusionando los motivos que alimentan el futuro.
Y las manos extendía como por retener la vida en ella.
Te parecías más a la que soñé, alimentando de fuerza sobregirada a el amor mientras se teñía de pureza.
¿En dónde te escondiste toda esta vida de mí?
Ahora tus pasos se acercan.

Para la vida nada es tarde si nos encontramos en ella
cuando la estamos viviendo.
Nada se regresa para la vida, sólo los ojos de nuestras mentes cuando los brindamos a los sueños, cuando los exponemos al regreso, al empezar de nuevo, con alguien nuevo, pero que ya conocemos.

Y no hablaste. Así era tal la semejanza.

Tu mirada lo expresaba todo, desde el roce de las manos, hasta la caricia que se perdía.
Y fuiste breve para decirme lo que sentías por mí: Tu abrazo infinito.
Y fuiste breve para empezar a quererme: tus besos colgados sobre el horizonte de mis labios.

No se dormía. Se respiraba. No se soñaba. Las almas cantaba.
Y se resbalaban por los sentimientos, buscando los sentimientos
perdidos.
Tú estabas allí, detrás del pensamiento, buscando los porqué inútiles, los que no nos importan sus respuestas, ya que el motivo que nos une es más fuerte que ellos.

Ahora acaricias el alba. Siempre acaricias el alba.

Después de la primera vez. Siempre estás, aunque no estés. Porque tu aroma se hace recuerdo, ese recuerdo que sacude los poros más internos de la mente. Entonces te vas, pero te quedas.

Yo sólo buscaba de la vida recoger las migajas de ternura que alguien como tú dejase en el camino.
Las recogí todas, una a una. Y de nada me quiso.
Las puertas del mundo solo daban vuelta sobre mi rostro.

Mi amor se paseaba por los jardines, quebrantándose de silencio, de soledad, de dolor.

Ya poco de lo que era el amor deseaba, en los pocos pasos de la vida que había pronunciado.
Mis mañanas igualaban mi soledad, apenas brillaban.
Nada igualaba mi dolor, quizás el sol.

¿Por qué te escondiste tanto en el camino?
¿Por qué tu sombra no esperaba su luz?
¿Por qué caminabas a mi espalda como si fueses mi conciencia?
¿Por qué no te supe esperar? Espera, olvídate de mis porqués.

Ya que después del canto, después del tiempo, después de cada cosa, tú estabas allí, diferente en mi camino,
donde siempre estabas, donde no te había visto, por no querer levantar la mirada.
Esperándome, quizás como yo te esperaba. Buscándome, como yo te buscaba.

Estabas allí, mejorando las palabras.
Infiltrándote en el pensamiento de mis ojos.
Haciéndote presente, haciéndote mañana.
Por primera vez me sentí la eternidad tan breve.

Si, estabas allí, como ola que se parcha a la orilla de las playas y no se regresa al mar, para acompañarme por toda la costa de la misma y no poderte olvidar. Estabas, sin la palabra regreso. Sosteniendo el azul que te brindaban mis manos en la inmensidad del cielo y al reflejo del mar.

¿Cómo puedo revelarte mi grandeza?
Mi grandeza será quererte. Deja que te quiera, y quédate conmigo.
Quédate conmigo como se quedaron tus ojos infinitos en la
perpetuidad de mi alma, que se te reveló al punto de tu llegada.

1 comentario:

Dariodig dijo...

La condicion principal para encontrarse a si mismo es haberse perdido primero. :oP Cuantas cosas escribis, me asaltan las dudas, y me invade una terrible curiosidad. Muero por preguntar. :o)